La Orden de la Sangre
IV. Los reinos enterrados
Montse G. Rigau
Introducción
Gwendoline terminó la oración, se persignó y miró a los demás; algunos seguían rezando. Esperó pacientemente a que todos terminaran y el párroco se pusiera en pie, dando por finalizada la reunión de aquella noche. Los asistentes se despedían brevemente y se iban con aire abatido. Llevaba cinco semanas asistiendo a ese grupo de apoyo y nunca había visto a nadie salir más animado de lo que entraba. Ella tampoco. La gente se desahogaba: contaba cómo habían pasado los últimos días, se ofrecía consuelo mutuo, rezaba y se iba tan triste como había llegado. Tal vez el párroco no estaba preparado para gestionar aquello; ¿quién podría estarlo?
Maridos, esposas, padres, madres, hijos… habían desaparecido y nadie tenía una respuesta, solo palabras de consuelo vacías. Fuera de aquellas sesiones, todos lo sentían mucho, pero nadie quería que le recordaran lo ocurrido ni pensar en que pudiera repetirse. La ciudad seguía con su vida, aliviada de que ya no hubiera ataques en las cercanías e ignorando a quienes habían perdido a alguien.
Ella se negaba a aceptar la pérdida y a llorar en silencio; sabía que David estaba vivo y estaba convencida de que lo retenían contra su voluntad. Muchos de los desaparecidos a los que daban por muertos podían estar en la misma situación, atrapados por aquella secta que probablemente también estaba relacionada con los ataques. Era demasiada casualidad que hubieran aparecido al mismo tiempo y el terrorismo religioso no era raro, aunque aquello tenía un componente que iba más allá de la simple maldad humana. Por más que se intentara silenciar la evidencia y que los vídeos hubieran desaparecido de internet, era obvio que la ofensiva que arrasó una parte de la ciudad no se había realizado con armas convencionales. Aquella secta tenía que estar detrás; no era como las demás, aunque aparentemente se comportara del mismo modo.
Así lo reivindicaba a través de las redes y a cualquiera que quisiera escucharla, reclamando que se prestara atención a lo que ocurría en sus centros de culto. En consecuencia, algunos la increpaban. A pesar de eso, no estaba dispuesta a dejar de luchar y se animaba pensando en que otros habían pasado pruebas más difíciles que aquella por defender la verdad. Ella, al menos, tenía gente que la apoyaba, aunque no se atrevieran a hacerlo públicamente. Compañeros y amigos de David, gente de su trabajo y de la parroquia que, como ella, no se creían que hubiera abandonado todo por una mujer. Tampoco pensaban que los ataques se debieran a simple terrorismo, y estaban convencidos de que nadie buscaba a los verdaderos culpables. Consideraban que se estaba echando tierra sobre el asunto, hablando de indemnizaciones y compensaciones como si se tratara de un desastre natural.
Acudió al grupo de apoyo de esa noche pensando que los asistentes se alegrarían de saber que alguien seguía peleando por su causa y que ellos también podían hacerlo. Sin embargo, aquella gente solo quería llorar en compañía: hablaban de duelo y de asumir la pérdida, como si sus seres queridos hubieran fallecido en un accidente de avión. Seguramente, muchos estaban vivos, igual que David. Nunca creyó que estuviera muerto, sino retenido en alguna parte; lo sentía en el corazón, donde siempre había percibido su compañía, y el tiempo le dio la razón. El señor premió su fe proporcionándole las pruebas que necesitaba para mostrarles a todos la verdad.
Cuando recibió su llamada corrió a contarlo: mostró los mensajes que se habían cruzado y que demostraban que los desaparecidos podían estar vivos y retenidos en alguna parte. No sirvió de nada; incluso le llegaron a decir que su problema era que no podía aceptar que la habían dejado y que allí no pintaba nada. Ellos no conocían a David; él nunca habría hecho las cosas de esa manera. Y de ser así, no habría elegido un momento como ese para desaparecer. No era perfecto, pero era leal: siempre anteponía el deber y el matrimonio era un compromiso importante para él. Y la quería; su amor ya no pesaba tanto, pero aún la quería. Incluso en la distancia podía sentir el calor de su cariño.
Miró las notificaciones del móvil; su hermana le preguntaba si le apetecía pedir pizza para cenar. No respondió y abrió de nuevo las fotos. Nunca se cansaba de mirarlas: habían sido tan felices al principio… Sabía que podían volver a serlo, solo tenían que esforzarse un poco más. Volver a intentarlo, darse otra oportunidad.
—París es una ciudad muy romántica —comentó una voz a su lado—. ¿Es del viaje de boda?
Ella se sobresaltó y miró a la mujer que le hablaba. Era una anciana que ya le había llamado la atención durante la reunión, pero no recordaba haberla visto antes en la parroquia ni tampoco por la localidad. Aquella era una ciudad pequeña, o un pueblo grande, y, aunque no se conocieran todos, las personas peculiares no pasaban desapercibidas. La mujer debía de tener más de setenta años y era alta para su generación. Tenía las manos grandes, con largos dedos en los que lucía tres anillos de oro, demasiado ostentosos, y las uñas largas y pintadas de rojo. Vestía vaqueros, maquillaje y unos pendientes de oro en forma de concha que asomaban bajo la voluminosa permanente teñida de rubio. Se había pasado la reunión mirando a los asistentes con aire melancólico y apenas había hablado, salvo para presentarse con su nombre de pila.
—No, ese viaje fue en el primer aniversario. Estrella, ¿verdad? No la había visto antes.
—Es que no vivo aquí. He venido para verte a ti.
—¿Cómo dice? —se sorprendió Gwen.
—Te he visto en internet —dijo Estrella cogiéndole la mano—. Es muy valiente lo que haces, enfrentándote a las autoridades e insistiendo a pesar de los comentarios horrorosos que te hacen.
—Los que nos rebelamos contra el discurso de los poderosos siempre seremos maltratados, pero hay que perseverar para que la verdad salga a la luz —respondió Gwen, algo emocionada por aquel reconocimiento inesperado—. Ojalá pudiera hacer algo más que hablar.
—Lo sé; por eso he venido. Alguien tiene que hacer algo.
—¿A quién ha perdido? ¿Algún hijo?
—A nadie, por suerte, si no quizá tampoco tendría fuerzas. Tú eres excepcional —respondió mirándola mientras apretaba la mano que tenía entre las suyas—. Sé dónde está el cuartel general de esa gente.
—¿Usted? ¿Cómo va a saberlo si no lo sabe ni la policía?
—A los poderosos no les interesa que se sepa; los tienen comprados, y la policía depende de ellos. Pero la gente tiene ojos y oídos —respondió en tono de confidencia—. Tengo un familiar que trabaja como guardia de seguridad y lo han destinado allí. Dice que aquello es como una cárcel sin rejas, que nadie entra ni sale sin permiso. Duermen de día y se pasan las noches haciendo rituales extraños; les lavan el cerebro, como dices tú.
—¿Ha visto a…?
—Sí, por eso he venido a decírtelo en persona. Forma parte de la secta y no parece que sea prisionero. Aunque, como he dicho, nadie se mueve sin permiso. También hay otra mujer, en eso te dijo la verdad, pero…
—Le han lavado el cerebro; él no es así —se apresuró a puntualizar Gwen.
—Ese gurú los tiene a todos dominados y atemorizados —asintió Estrella—. También es carismático; está convenciendo a mucha gente.
—A gente que vive en la oscuridad. Él no es de esos.
—Puede que esa mujer haya ayudado a convencerlo; es muy guapa. Parece que es muy amiga del gurú y tiene cierto estatus.
—¿Su familiar se la ha descrito?
—Me ha mandado unas fotos.
Gwen vio pasar una foto tras otra. En ellas aparecía David con una rubia voluptuosa en actitudes que dejaban poco lugar a dudas. Era atractiva y estaba cerca de la mediana edad; tendría diez o quince años más que ella. No era una cualquiera: vestía de forma sugerente, sin llegar a ser atrevida, y tenía una expresión dulce e inteligente. Gwen sintió que las lágrimas acudían a sus ojos. Recordó las advertencias de que la diferencia de edad sería un problema. También de que David era mujeriego, pero nunca se había casado antes y lo creyó cuando juró que, después de conocerla, no necesitaba a ninguna más.
Había sido una ingenua. Ahora se preguntaba si ya se veía con ella cuando decidió hospitalizarla. No, no podía pensar así. Seguramente habían sido sus problemas los que le habían empujado a buscar, en brazos de otra mujer, el apoyo y el cariño que ella era incapaz de darle. Si al menos hubieran conseguido tener un hijo… No debería haberse opuesto a que adoptara a su medio hermana: era de esa clase de hombres que necesitan a alguien a quien cuidar.
Así habían empezado los problemas de verdad entre ellos, al no conseguir superar la imposibilidad de ser padres. Pero una adolescente problemática era más de lo que ella podía afrontar para compensarlo. Estas eran las consecuencias de su debilidad: que otra mujer lo sedujera y lo arrastrara a una decisión inmoral y una vida perversa, adorando a un falso dios. No podía consentirlo, no podía darle la espalda por orgullo y dejar que lo llevaran a la perdición.
—¿Dónde dice que están?
Una hora después, las dos hermanas de Gwen llegaban al local parroquial con varias pizzas y bebidas. Las sillas ya no estaban colocadas en círculo y el párroco instalaba la pantalla sobre la pequeña tarima. No tardaron en comenzar a llegar los primeros asistentes a la reunión improvisada. Era más de medianoche cuando terminaron de tomar las últimas decisiones y volvieron a casa. Gwen ya no durmió, pues estaba demasiado excitada y había mucho que hacer. Por fin tenían un objetivo real al que apuntar y empezaba la lucha de verdad.
Capítulo I
El coche se deslizaba por el camino de entrada, levantando la gravilla, mientras Gemma continuaba durmiendo en el asiento del copiloto. La pastilla había hecho efecto. No era más que un tranquilizante suave, pero los sacerdotes no acostumbraban a tomar medicación. Le costó convencerla de que no había necesidad de estar angustiada durante el trayecto en coche. A Ray le resultaba difícil entender la resistencia de los sacerdotes a utilizar la química moderna para paliar las consecuencias negativas de lo que fuera. No tenían problema en acudir a un sanador para aliviar las secuelas de un castigo manipulando su energía vital, pero parecía que tomar un simple paracetamol fuera un insulto a la diosa. Ella no tenía esos escrúpulos; el problema era que la mayoría de fármacos le hacían poco o ningún efecto.
Lo que Gemma necesitaba calmar esa noche no era dolor físico, sino angustia mental, aunque seguramente sus costillas seguían resentidas después de que Mara hubiera soldado las fracturas. Ray había cortado sus vínculos con la comunidad y el templo y, aunque por el momento conservaba el que la unía a su clan, la sensación de vacío y de soledad eran abrumadoras para un alma de setecientos años de antigüedad. No tenía ganas de conducir las dos horas que las separaban de la villa de los Cuervos con una mujer al borde de un ataque de pánico a su lado, por eso insistió en que tomara el calmante. No tenía que dejarla inconsciente, pero Gemma había caído dormida cuando apenas llevaban unos kilómetros de trayecto.
El asfalto pareció ondularse y parpadeó para ahuyentar el sueño; ella también estaba cansada y la monotonía de la autopista vacía empezaba a pesar. Los dos últimos días habían sido agotadores: la tensión constante de fingir que todo seguía como siempre, temiendo ser descubierta a cada minuto, no había sido inocua. Todo su cuerpo le pedía relajarse y, cuanto más se alejaba del templo y del Eterno, más le costaba mantener la atención. Los faros que venían de frente oscilaron y pensó que podía ser buena idea salir de la calzada para estirar un poco las piernas y despejarse. Sería irónico quedarse dormida al volante después de toda una vida con problemas de insomnio. Abrió la ventanilla y pisó un poco más el acelerador tras descartar la idea y decidir que lo mejor sería llegar al destino cuanto antes.
El corazón le dio un vuelco cuando las luces del camión que acababa de adelantar desaparecieron del retrovisor. Parpadeó y se dio una palmada en la cara, levantando el pie del acelerador. El escozor en la mejilla le confirmó que continuaba despierta, mientras que a través del parabrisas no se veía nada más que negrura. Llevó el coche al arcén a ciegas, buscando las luces de emergencia a tientas; el salpicadero también había desaparecido de su campo de visión.
«Mierda», maldijo al ver dos luceros azules que se acercaban cruzando el vacío, «ojalá fuera que me he quedado ciega». Sintió el revuelo de las sanguijuelas en el estómago y supo que el Eterno las estaba usando para llegar hasta ella y arrastrarla al plano astral. Soltó el volante y cerró el puño, clavándose las uñas en la mano; el dolor le confirmó que su cuerpo seguía consciente y moviéndose. El Eterno no había atrapado su alma, solo cegaba su mente con la esperanza de que ella misma se soltara del ancla física para huir. Si lo hacía estaría perdida, porque aunque él estaba débil en el plano físico, su espíritu seguía siendo muy poderoso. Recordó aquel primer encuentro y sintió un escalofrío; esta vez nadie lo llamaría ni se lo quitaría de encima.
Hizo un esfuerzo por conservar la calma y miró de nuevo aquellos dos ojos que se acercaban; aún estaban lejos y avanzaban lentamente. Tampoco había una fuerza que tirara de ella directamente, así que no la había localizado y estaba siguiendo el vínculo que lo unía a los parásitos que llevaba en el cuerpo. Era un rastro débil, formado por el flujo de energía, igual que una corriente de agua dejaría rastro en un suelo arcilloso. Sin embargo, el flujo no era constante; sus propias serpientes lo combatían y al lodo no le gusta quedarse quieto. Hanneck no captaba los vínculos energéticos con la misma claridad que ella y le estaba costando seguirlos: para Ray eran como una hilera de migas de pan en el asfalto, pero para él no había un camino despejado y el rastro se perdía entre matojos y cantos rodados.
Se concentró, invocando la magia de Shakah y convocando a sus serpientes. Las víboras serpentearon por el capó y se internaron en la negrura, esparciendo las migajas energéticas y difuminando las trazas. Tan pronto como lo hicieron, el movimiento de las luces azuladas perdió determinación y comenzó a ser más vacilante: había perdido el rastro y lo buscaba de nuevo. Ray se preguntó por qué no se le había ocurrido antes que ese flujo pudiera funcionar como un vínculo. No podría evitar que volviera a formarse, pero sí dispersarlo tantas veces como fuera necesario.
La carretera reapareció lentamente y miró por el retrovisor: un camión cambiaba de carril para sobrepasar el coche parado. Las serpientes regresaron a su ser mientras sentía el estómago revuelto, lo que era síntoma de que las sanguijuelas ya volvían a buscar a su amo. Decidió obstaculizar el flujo: no dejó que las víboras se durmieran de nuevo, sino que las mantuvo vigilando el estómago para impedir que la energía saliera de su cuerpo. No podría sostener esa situación mucho tiempo y el malestar no haría más que aumentar. Esperaba tener tiempo de llegar a su destino antes de que el Eterno, o su propio estado, provocara un accidente.
Gemma seguía durmiendo plácidamente cuando arrancó el motor y volvió a la carretera; siempre había envidiado la profundidad de su sueño. En su juventud tuvo la esperanza de que aquello tuviera algo que ver con la serenidad que aportaban los años, pero a estas alturas ya estaba convencida de que era una cuestión de temperamento y de que ella nunca lo alcanzaría. Esa tranquilidad en el sueño emanaba del mismo lugar que la entereza que le permitía a Gemma mantener la calma ante sus superiores pasara lo que pasara: un temperamento reflexivo. Su carácter, sin embargo, no era tan racional, por más que hubiera aprendido a ponderar y mantener la cabeza fría. Fijó los ojos en la carretera, manteniendo parte de su atención en el mundo espiritual, y pisó el acelerador a fondo; necesitaba llegar cuanto antes y librarse de los parásitos.
Gemma creía poder acabar con las sanguijuelas deteniendo el flujo de energía, pero necesitaba un lugar imbuido del poder de la diosa para hacerlo. Ninguna de las dos se atrevía a intentarlo en un templo ligado al Eterno, y recurrir al de la Hermandad tampoco les parecía buena idea: no conocían la energía de ese templo, no estaban seguras del control que Tara tenía sobre él ni confiaban en Sombra. Gemma propuso recurrir a una capilla de la que disponía su clan: los altares domésticos no preocupaban al shanadi, que no llevaba registro ni control sobre ellos y, al parecer, los Cuervos llevaban siglos rezando en uno que había evolucionado hasta convertirse en un pequeño templo privado; por eso se habían arriesgado a contar con el Cuervo en aquel plan.
También por eso Gemma conservaba el vínculo con su aladi. El plan no le gustaba, pero tenía que deshacerse de los parásitos y no tenía tiempo de investigar más: Gemma creía haber encontrado la forma de hacerlo entre sus grimorios antiguos y, si para eso había que contar con su clan, tendría que arriesgarse. Al fin y al cabo, era un riesgo calculado, ya que la única sacerdotisa del clan era Gemma y el Cuervo poco podía hacer contra ella a nivel mágico. Lo peor que podía pasar era que fracasaran o que llamaran la atención del Eterno, y eso podía suceder en cualquier caso.
Los Cuervos solo tenían que darles acceso mientras Delia permanecía en la ceremonia del templo oficial, a la vista de todos. Harían lo que tenían que hacer y después se irían; nadie llegaría a saber que habían estado en su casa. A cambio, le habían prometido un lugar privilegiado si el Eterno llegaba a caer. El Cuervo había accedido demasiado fácilmente para el gusto de Ray, por eso había planeado el ataque como cobertura: temía que el Cuervo prefiriera atribuirse el tanto de delatar su fuga a sus promesas y, con la Hermandad atacando, se aseguraba de que nadie podría seguirlas en un buen rato; al menos no físicamente.

Aparcó en una plaza bajo la cubierta que había frente a la entrada principal para las visitas. Oficialmente, el clan de los Cuervos se dedicaba a la producción de vino y era habitual que compradores y proveedores acudieran a sus bodegas y viñedos. Seguramente también aparcaban allí algunos de los clientes del negocio no oficial; el cuartel general de los Cuervos no era un secreto entre los que se dedicaban a negocios de dudosa legalidad, o de ilegalidad incuestionable.
Los campos estaban sumidos en sombras, igual que aquel aparcamiento. Era extraña tanta oscuridad: solo la luz sobre la puerta principal estaba encendida, como si quisiera marcarles el camino. Apagó el motor y contempló unos momentos a su compañera, que dormía con la cabeza apoyada en la ventanilla. Deseaba que pudiera seguir soñando y no tuviera que enfrentarse a lo que venía ahora.
Los vínculos que unían a Gemma con su clan, sin otros que amortiguaran su efecto, brillaban poderosos. Gemma estaba muy unida a su sangre; a ella había entregado su vida siete siglos atrás. Tomó la túnica negra por ella y todo lo que había soportado en el templo fue para engordarla. Era hija de la aladi: le habían impuesto la responsabilidad desde que nació y ella la había ostentado con orgullo durante setecientos años.
Siete siglos. Había visto nacer a la mayor parte de sus hermanos. Ella los había llevado de migración en migración, oficiado sus iniciaciones y funerales, y acompañado los partos invocando la protección de la diosa. Todos sus hijos pertenecían al clan: los que seguían vivos, los que descansaban en su tierra y los que eran honrados en el altar familiar. Si a ella le dolió el rechazo de un clan que la despreciaba y al que apenas conocía, para Gemma el repudio tuvo que ser mucho peor.
Ojalá hubiera podido eliminar también esos lazos que no hacían más que ahondar en la herida: eran lo único sólido a lo que podía agarrarse su alma y, al mismo tiempo, los que estaban en el otro extremo la rechazaban. Sin el templo cobijando su alma ni el ruido de fondo la comunidad, el anatema del clan destacaba y monopolizaba su mente. El sueño era más agitado desde que habían llegado; seguramente sentía la cercanía de sus allegados. Estaba deseando romper esos vínculos, pero necesitaban el poder que le daban sobre su clan, además de ocultar al Cuervo sus verdaderas intenciones. Esperaba que no las entretuvieran mucho y pudieran irse de allí antes de que regresara la aladi: ese subterfugio no iba a engañar al Eterno, que a estas alturas ya debía de saber que había abandonado la comunidad.
—Gemma, despierta —le susurró, agitando levemente su hombro—. Ya hemos llegado.
—¿Me he dormido? —preguntó en un murmullo. Una lágrima resbaló por su mejilla cuando parpadeó—. Dijiste que no era un somnífero.
—No lo es, o me habría costado más despertarte y notarías la cabeza embotada; estás agotada, nada más. Te ha venido bien descansar un poco. ¿Estás preparada?
—Dame un momento.
—Ya falta poco. Hacemos esto lo más rápido que podamos y nos perdemos en la carretera otra vez —le dijo Ray, acariciándole la mejilla pecosa—. Delia sigue en el templo junto con sus lugartenientes. Aquí solo están los segundones y no creo que lleguemos a ver a más de uno o dos; querrá implicar a cuanta menos gente mejor. No pienses en ellos, concéntrate en nuestro objetivo y no dejes que saquen tu cabeza de ahí.
—No me fío, Ray. Conozco a Delia y no me fío en absoluto.
—Fuiste tú quien quiso pedirle ayuda para librarme de los parásitos.
—Sí, y ya me estoy arrepintiendo. Creo que hacerlo en el templo de la Hermandad sería menos arriesgado.
—Si nos metemos en ese templo, el Eterno ni siquiera necesitará rastrearme. Ya ha intentado usar los parásitos para incapacitarme. He podido librarme de él, no te preocupes; te habría despertado si hubiera tenido problemas serios —mintió Ray ante la mirada alarmada de su compañera—. Es un buen trato para Delia: arriesga poco y tiene mucho que ganar. Solo el ser la primera en saber que hemos huido y que el ataque es cosa nuestra, ya le da ventaja para socavar al Eterno.
—A estas alturas pueden haber ahuyentado a la Hermandad.
—¡Pero si salieron huyendo la última vez! A estas horas aún deben de estar discutiendo si es mejor plantar cara o esperar a que amanezca, y Sombra no se retirará antes a menos que yo se lo diga.
—Si el Cuervo sospecha que voy a abandonarla, no dejarán que me vaya de la villa.
—Ya contábamos con eso. ¡Deja de ponerte en lo peor! Para cuando el Cuervo reaccione estaremos lejos de aquí y tú te habrás librado de sus garras.
—Tengo un mal presentimiento.
Ray suspiró y cerró los ojos un momento, intentando calmarse y recordando que Gemma estaba inmersa en un infierno emocional y psicológico en esos momentos. Ella tampoco estaba en su mejor momento: llevaba dos días navegando en el mismo vacío que Gemma acababa de conocer, surfeando entre sentimientos de soledad y abandono, de vergüenza, culpa y miedo. Miedo al mundo, a la gente, a afrontar la vida en solitario sin la protección de un aladi ni el refugio de un clan.
Aunque ella no era una antigua, ya conocía la vida en el mundo y los lazos de la comunidad no habían arraigado tan profundamente; la marea estaba siendo peor de lo que recordaba. Sesenta años atrás no había llegado a separarse completamente ni de la comunidad ni del templo; le pareció que tampoco había mucha diferencia, ya que, al fin y al cabo, estaba igual de sola. Ahora se daba cuenta de que la diferencia era abismal. Por suerte, su autocontrol y estabilidad mental habían mejorado mucho desde su primer exilio.
La separación de Gemma era parcial, pero lo estaba llevando peor; podía sentir su angustia a través de los lazos que las unían. Fuera por la falta de experiencia en la separación o por el exceso de tiempo unida a la mente colectiva, apenas conseguía centrarse y pensar. Se le ocurrió que podía ser su temperamento analítico lo que le dificultaba abstraerse de lo que sucedía en su cerebro como ella hacía, así que intentó abordar sus dudas desde esa perspectiva.
—Tienes miedo. Yo también lo tengo, pero estamos juntas y podemos hacerlo. Yo lo hice y tú también lo harás. Solo son emociones: aíslalas y no les prestes atención, céntrate en lo que tienes justo delante. No anticipes lo que sucederá ni pienses en cómo te sentirás; no analices las sensaciones en el momento. Debes actuar igual que cuando recorres la senda del dolor. Es mental, no físico, pero funciona de un modo parecido —le dijo con suavidad, apretándole las manos entre las suyas—. El cuerpo reacciona a lo que sucede en tu mente igual que tu mente reacciona a lo que sucede en tu cuerpo. Céntrate en tu cuerpo y abandona la mente; es el mismo proceso a la inversa.
—¿Vas a impartirme mis propias lecciones? —replicó Gemma deshaciéndose de su contacto—. Sé lo que es y lo que tengo que hacer, solo que me está costando más de lo que pensaba.
—¿Quieres que tome yo el mando?
—Quiero que me des tiempo a recuperar el control de mí misma. ¿Tantas ganas tienes de recuperar el poder sobre mí? ¿Tus elogios a la libertad solo valen para ti misma?
—No te estoy pidiendo que te entregues a mí, joder, solo quiero echarte un cable. Hay que hacer esto y cuanto más tardemos, más peligroso será.
—Hay otras formas de hacerlo.
—Decidimos que esta era la mejor, y fuiste tú quien la propuso —dijo Ray en tono conciliador, alargando la mano para atraerla de nuevo—. Ya sabíamos que sería duro.
Gemma no la contradijo, pero apartó la cara cuando intentó besarla, disponiéndose a salir del coche con gesto de resignación. Ray volvió a suspirar para expulsar su propio nerviosismo; necesitaba ese beso más que Gemma y empezaba a preguntarse si alguna vez volverían a besarse. Estos últimos dos días la maga se había mostrado distante y esquiva. Recurrir al Cuervo fue idea de Gemma, pero la fuga era cosa suya y nunca le había gustado; participaba a regañadientes porque la había presionado.
Esperó a que avanzara unos pasos antes de seguirla. Su silueta se recortaba contra aquella única luz mortecina, alta y estilizada, como un espíritu en la noche. Cogió la pistola de la guantera y abrió la portezuela con un gruñido cuando Gemma se volvió y le clavó aquellos ojos verdes, sacándola de su ensimismamiento. Ella tampoco tenía ganas de entrar en esa casa. No se fiaba de los Cuervos, pero llevar dentro aquellas sanguijuelas mágicas aún le gustaba menos. Echó un vistazo a su alrededor y no pudo distinguir nada; decidió tomárselo como una buena señal.
Avanzaron juntas hacia la puerta y Gemma se detuvo unos pasos antes de llegar a ella, dudosa. Ray cogió su mano y la apretó antes de tirar de ella y subir los tres escalones de la entrada. La puerta se abrió en cuanto estuvieron frente a ella: las estaban esperando. Probablemente las observaban desde que habían cruzado la verja de entrada. Reconoció al hombre alto y pelirrojo que sostenía la puerta, silencioso y con gesto hosco. No pudo evitar torcer la boca en una mueca sarcástica mientras lo miraba. Estaba convencida de que no iba a dirigirle la palabra a Gemma ni para saludar, a pesar de que habían estado casados cerca de dos siglos y tenían varios hijos en común.
—Largaos —murmuró entre dientes. Estaba tenso y algo en su mirada alertó a Ray.
—Ya sabes por qué estamos aquí, Telmo —le dijo Gemma con frialdad—. Déjanos entrar en la capilla y olvídate de nosotras; nos habremos ido antes del amanecer.
—Gemma, vámonos —se apresuró a decir Ray, al ver que algo se movía en las sombras detrás de Telmo.
Antes de que tuvieran tiempo de retroceder, unas manos grandes apartaron a Telmo de un empujón. Un segundo después, cinco hombres ocuparon su lugar frente a la puerta apuntándolas con armas largas. Ray los evaluó rápidamente: las armas eran automáticas y al menos dos de ellos las manejaban con seguridad. Todos eran altos; los Cuervos acostumbraban a serlo. Tanto los rasgos como la complexión evidenciaban que allí no había nadie ajeno al clan. Dado que el Cuervo empleaba a pocos de los suyos en ese tipo de cuestiones, dio por supuesto que solo los dos que actuaban con seguridad eran profesionales y el resto no estaba avezado a formar parte de la acción.
Miró a Gemma mientras levantaba las manos lentamente. Ella pareció entenderla y la imitó con gesto adusto, pero sin oponer resistencia; no era el momento de asustarlos y arriesgarse a recibir una bala. Ray sintió un golpe en la parte posterior de las rodillas que la derribó y supo que había otros tras ellas. Se dio la vuelta rápidamente y una culata se estrelló en su frente antes de que pudiera ver quién la empuñaba. Cayó de bruces, aturdida. Trató de levantarse y una bota en su espalda volvió a mandarla al suelo. Los hombres la rodeaban a ella y mantenían apartada a Gemma, que ya había bajado las manos: nadie la amenazaba, se limitaban a interponerse entre las dos.
Sintió un pinchazo en el cuello, unas manos que le agarraban los brazos y otras que le tiraban del pelo para que levantara la cabeza. Sentía la sangre caliente resbalando por la cara y colándose por el cuello mientras aquella garra la inmovilizaba. Gemma observaba con el ceño fruncido. Vio el brillo en sus dedos y le hizo un gesto de negación con la cabeza que le valió un nuevo tirón de pelo. La maga la miró confusa y enojada, pero Ray ya no la vio: le mantenían el cuello doblado y la cara mirando al techo, impidiendo que hiciera contacto visual. La levantaron tirando de los brazos y las rodillas se le doblaron, pero sus captores la mantuvieron erguida.
Unas esposas se cerraron en sus muñecas y cuatro manos ásperas repasaron su cuerpo, por encima y por debajo de la ropa, llevándose su arma, su móvil y las llaves del coche. La visión se le nubló. Ignoraba qué le habían inyectado y, pero estaba haciendo efecto; aunque probablemente no funcionaría tan bien como esperaban. Ojalá el Eterno no aprovechara la ocasión. Decidió cerrar los ojos para fingirse inconsciente: cuanto antes confiaran en que no era una amenaza, antes podría centrarse en no dormirse de verdad.
—¿Qué estáis haciendo? —oyó preguntar a Gemma—. Vais a echar a perder la mejor oportunidad que hemos tenido en siglos. ¡Quiere derribar al Eterno y está dispuesta a dejar que nuestra sangre vuelva a florecer!
—Tu novia está volviendo a engañarte, hermana. —Ray oyó la respuesta mientras un grillete pesado se cerraba en torno a su cuello y nuevas sombras se cernían sobre una parte de su mente—. Por suerte las Taberneras han alertado al Cuervo.
—¿Ahora confiamos en la palabra de las Taberneras? ¡Ese clan es uno de los mejores aliados del Eterno!
—Mejor una Tabernera que una Eterna —dijo una voz femenina—. Eres idiota, Gemma. No entiendo cómo puede sorberte el seso de esta manera. Comparada con las mujeres que has tenido, esta es una enana con cara de rata cabreada.
—Sobre gustos no hay nada escrito y todos nos hemos dejado llevar alguna vez —respondió una voz masculina—. Gracias a ella ahora la tenemos nosotros. No te preocupes, Gemma, el Cuervo valora más el servicio que el desliz y te restituirá en el clan como prometió. Espero que te sirva de consuelo.
—¿Puedo saber de qué estáis hablando?
—Tu enamorada es una criatura mágica. El Eterno ha cruzado todos los límites y caerá por su causa como dice la profecía, aunque no por su mano. A cambio, nos quedaremos con ella. Devolverá el poder a nuestra sangre de todos modos, solo que desde una posición menos ventajosa.
—¿Cómo?
—Lo que oyes.
—¿Pretende meterla en la granja? Se ha vuelto loca. ¿Piensa que, si mete un lobo en el gallinero, este comenzará a poner huevos? Me esperaba alguna jugada, pero esto es absurdo —respondió Gemma tan sorprendida como alarmada—. No tenéis ni idea de lo que es una criatura mágica, Amanda, y menos sabéis cómo identificarla. ¿Tenéis algo más que la palabra de la Tabernera?
—Sabemos que una criatura mágica no puede ostentar poder: es un sacrilegio y, en cuanto revelen la verdad, tanto aladis como magos recusarán al Eterno y tendrá que enfrentarse al juicio de la diosa.
—Una criatura mágica no puede ostentar poder porque no tiene voluntad propia, y estás hablando de la izani —replicó Gemma, sin ocultar la indignación—. ¿Queréis someter al Eterno a un juicio divino con ese pretexto? Se va a reír en vuestra cara. ¿Sabéis siquiera a cuántos de esos juicios se ha enfrentado? Lo hará encantado y después le cortará la cabeza al Cuervo. ¿Crees que alguno de esos magos que han dicho que os apoyarán es capaz de vencer al Eterno? ¿Que se lo plantearán siquiera? Se pondrán de su parte en cuanto la primera voz se alce contra él. Lo harían aunque creyeran que las acusaciones son ciertas; y no lo creerán —replicó Gemma levantando la voz y mirando fijamente a Ray—. Las Taberneras os han engañado para que quitéis a la legítima izani de en medio. Lo único que quieren es que se cambie la ley para que su consejera pueda optar al poder: en cuanto el Cuervo levante la voz le susurrarán al Eterno que se enfrente al juicio y que aproveche para quitarse a nuestro clan de encima. Esperan que la matéis, no que la encerréis, ¿verdad? Miriam no es tan estúpida. ¿Ese collar que le habéis colocado es el de la Dama? Se creó para magos: a los seres hechos de magia los mata. ¿Por qué sigue viva?
—Puede que no sea instantáneo —replicó Amanda encogiéndose de hombros—. Miriam no espera que la matemos, sino que la entreguemos, pero los accidentes ocurren y las criaturas mágicas no dejan cadáver, solo huesos quemados.
—Eso no es más que un mito, estúpida; lo que no hacen es tener hijos —le espetó Gemma con desprecio—. No es una criatura mágica, es una elegida de Shakah y si seguís adelante con esto sellaréis el destino del clan. Estáis jugando con cosas que no entendéis y provocaréis una desgracia.
—Discútelo con el Cuervo cuando llegue, si te atreves —contestó Amanda zanjando la discusión—. Deberías estar contenta de que haya encontrado una candidata mejor para ocupar el lugar que te reservaba a ti. Pero tenemos más collares, así que mejor no la contraríes, o tal vez decida colocártelo de todos modos.
—Puedo poneros a todos de rodillas, Amanda.
—Pero no lo harás, porque son órdenes del Cuervo y es ella quien te pone a ti de rodillas —replicó en tono desabrido. Su siguiente frase ya no se dirigía a Gemma—. Llevadla a la celda y no os entretengáis, no vaya a ser que Gemma tenga razón y se nos muera, o que se le pase el efecto del narcótico. Vete a saber lo que puede hacer: dicen que le arrancaron los dientes para que no mordiera y le volvieron a crecer.
Ray estuvo a punto de soltar una carcajada al oír esto último, aunque la reprimió a tiempo. El efecto del narcótico ya se estaba difuminando, pero aquel collar era otro tema: no solo le impedía llegar a la magia y a la diosa, sino que también parecía estar absorbiéndole la vida y el pensamiento. La levantaron en vilo y alguien se echó su cuerpo al hombro. Se atrevió a abrir una rendija en los párpados y pudo ver la expresión tensa de Gemma. El vínculo del clan tiraba de su voluntad con fuerza, pero su alma se resistía a ceder sin demasiada dificultad. No mentía al amenazar a sus hermanos con ponerlos de rodillas: podía doblegar ese vínculo si quería. No solo eso: también estaba deseando atacarlos. Estaba furiosa y solo se contenía porque ella se lo había pedido. Ray ya no recordaba el motivo.
No debía iniciarse una pelea; era lo único que sabía. La razón por la que tenía que ser así había desaparecido entre la bruma de su mente. Tampoco sentía ya las serpientes en el vientre: habían quedado mudas e inmóviles, sumidas en la misma oscuridad que quería apoderarse de su mente. Las sanguijuelas no, a esas las sentía revolviéndole el estómago, pero al menos el collar cortaba flujo de energía y no quedaba rastro que el Eterno pudiera seguir. Algo era algo, aunque tal vez ya la había localizado: el Cuervo las había traicionado y, si Miriam estaba implicada, probablemente el Eterno estaba informado.